El niño emperador

Extracto del libro El pequeño tirano, Jirina Prekop. Ed. Herder

 

Partamos de esta consideración: las condiciones de vida en el sistema de la sociedad industrial y avanzada en que nace el hombre hoy, y el espíritu de la época plantean exigencias cada vez mayores a su capacidad de tolerancia. Hablando con propiedad, el hombre debería estar internamente seguro y firme para ser capaz de no sucumbir. Y, sobre todo, debería cimentar su disposición para adaptarse y para imponerse.

 

No obstante, parece cernirse la amenaza contraria: nos hemos distanciado de los mensajes instintivos en la medida en que hemos puesto las condiciones del círculo cultural tecnocrático por encima de nuestros sentimientos. Con ello segamos las raíces del destino humano […]

 

De ahí que éste, por lo mismo, perfectamente justificado el resgreso a unas formas de cuidar a los niños que van ligadas al instinto.[…]

Es  necesario explicar las necesidades de la personalidad de un niño pequeño a quienes van aser padres o a quienes ya estudian en niveles superiores, así como a los estudiantes de medicina, psicología y pedagogía, a las futuras parteras y a las enfermeras infantiles.

 

Ante todo hay que cuidar la confianza primordial, que representa los cimientos para todo el edificio de la personalidad. Ya durante el embarazo hay que cultivar el diálogo, que se puede percibir y escuchar. El período más sensible de la vida es el nacimiento y el tiempo inmediatamente después.Todas las formas de parto tranquilo y el alojamiento conjunto permanente son buenas, porque le aseguran al niño pequeño la continuidad fija de las percepciones previsibles. Sólo de ese modo puede el bebé vivir la vibracion simbiótica con la madre, el diálogo silencioso con ella por el que se siente atendido. Todas las rupturas de vinculación -sea por cesárea, por la necesidad médica de separar al recién nacido de su madre o simplemente por subvaluar la importancia de la vinculación - vulneran la necesidad básica de protección. Y esto no sólo lastima al bebé, sino que también la madre sufre el dolor de separación, pues siente que queda en deuda con el bebé.[…] Y después de un afán exagerado de compensación, la madre tiende a caer en la indulgencia excesiva. Y el bebé podrá contar con esto de maenra más segura que con el mero calor el nido, tras lo cual no le queda otra opción que mantener dominada a su madre, exigiendo que cumpla sus incesantes demandas. Convirtiendose así por falta de límites en un noño Emperador.

 

 Durante el primer año de vida no se puede "mimar" demasiado al niño. Sus necesidades de consuelo y alimento hay que satisfacerlas de inmediato. Asimismo el  bebé tiene que sentir la proximidad permanente de la madre también durante la noche.[…]

 

Otra fase especialemnte sensible es la que se inicia hacia el séptimo mes. Aquí se desarrollan los primeros indicios del pensamiento previsor y de la actuación concreta. Y habría que seguir satisfaciendo la necesidad de la proximidad consoladora por parte del pequeño.

 

El niño tiene que descubrir la delimietación del nido protegido, el apoyo y, mediante la adaptación mutua, la solidaridad con los padres y los hermanos, incluso cuando eso le resulte incómodo. ¿Dónde, si no es con sus padres, puede aprender el niño a manejarse frente a las dificultades y a soportar las frustraciones y resistencias de todo tipo.

Por otra parte, hay que fomentar por supuesto la fuerza emprendedora e impositiva del niño, estimulándole a enfrentarse de múltiples modos a diferentes objetos y actividades.

 

Para poder reunir fuerzas con vistas a nuevas empresas, para encontrar desde el yo al tú y desplegar la propia identidad, tiene que estar garantizada la vuelta permanente al nido, la "secure base". Ahí debe obtener el niño no sólo refugio y consuelo, sino también estímulo para sus nuevos enfrentamientos con el mundo, para sus pérdidadas y sus conquistas. Ahí puede expresar todos sus desencantos, miedos e ira, llorar a lágrima viva y desfogar toda su terca obstinación.

 

De ahí que esas expresiones sentimentales no hay que impedirlas por razones pedagógicas, y menos aún mediante algún castigo. Sólo la vivencia de esos sentimientos deja el camino abierto para un avivencia consciente del amor.

 

[…]  El proceso terapéutico deberá atacar el problema desde las raíces y formación de una manía de dominio, aparecela cadena siguiente bajo el ejercicio de poder obstinado subyace el miedo a la pérdida del mismo, en el que su vez se oculta un miedo a perder la seguridad y protección.  Y en definitiva es un miedo a perder el Amor. La experienci básica del niño, que echó a rodar el proceso enfermizo, fue la comprobación de que era más fuerte que los padres, que tenía que ser más fuerte que ellos, y que con ellos ya no podía sentirse seguro y protegido...